Hay
días que se quedan marcados para siempre en nuestra memoria, y aquel lo recuerdo
perfectamente.
Me
encontraba de campamento en Los Molinos, un pueblecito de la sierra de Guadarrama
(Madrid). Estaba gestionado por la congregación de Hijas de la Caridad, las
monjas de mi colegio, e iban chicos y chicas de varios centros de Madrid y
Toledo. Me encantaba, lo disfrutaba como nadie. El campamento tenía una
temática, como es lógico, que giraba en torno a los valores cristianos,
y la oración siempre estaba presente. Aquel día nuestras plegarias irían dirigidas
a una persona de la que no habíamos oído hablar en nuestra vida pero que, por
cosas que no entendíamos, estaba en peligro de muerte.
Por
aquel entonces con 12 o 13 años, todos sabíamos lo que era ETA y lo que hacían:
poner bombas en coches y secuestrar a gente. Pero esta vez el modus operandi
había cambiado y los terroristas pedían algo a cambio de la vida de un chaval
de 29 años: Le iban a matar si el gobierno no cedía a acercar a los presos de
ETA al País Vasco. Y empezó una cuenta atrás en la que se implicó todo el país
y nosotros, desde nuestro campamento en Los Molinos, nos sumamos a esa lucha
pasiva de la forma que sabíamos y en la que confiábamos 100%: Rezar. Rezar para que el verdugo no apretara el gatillo, rezar para que Miguel Ángel viviera, rezar para creer que la bondad prevalece sobre el mal.
La
tarde del 12 de julio de 1997, Miguel Ángel Blanco fue tiroteado en un
descampado. Murió en la madrugada del día 13. La fe de más de 50 chavales reunidos en un campamento en la sierra de Madrid moría
con él... al menos la mía.
Algo
muy grande se desató en España, inmenso. La gente salió a la calle, homenajeó a Miguel
Ángel y condenó, más si cabe, la violencia y el terrorismo de ETA. Y nadie
nunca olvidará aquel día, como yo, porque quedó marcado para siempre en la
memoria colectiva de este país.
En
estos días previos al 20 aniversario de Miguel Ángel, no puedo evitar pensar en
las otras víctimas que murieron a manos de la banda terrorista (829 ni más ni
menos), o que quedaron heridas de por vida, sin hablar de la secuela psicológica imborrable. En sus familias y amigos. En el
vacío que dejaron los que pasaron. Pero no se llaman Miguel Ángel y no somos capaces de
ponerles nombre ni cara. Y me da pena y rabia, porque aunque su muerte no fuese
tan mediática como la de Miguel Ángel, sus corazones también dejaron de latir
de manera cruel.
Por
eso, ante los homenajes preparados por el gobierno y el Partido Popular para
recordar a Miguel Ángel Blanco, concejal del PP en Ermua (Vizcaya), entiendo
que haya gente que no se sume a sujetar la pancarta para no darle más
importancia a este que a otros muertos. Porque al final lo que es un homenaje
póstumo se convierte en una campaña política más, porque los muertos del PP no son
más que los muertos de cualquier otra índole. Son muertos y, como decía Mecano,
“el que muere no vive más”. El respeto debe ser igual hacia todos,
independientemente del “origen” de la víctima. Así que
este es mi homenaje a Miguel Ángel y a todas las víctimas, muertas o no, de
ETA.
Ángela Cowar
PD: Os
dejo el enlace donde podréis encontrar los nombres las 829 personas que mató ETA desde 1968 hasta 2010 (http://www.elperiodico.com/es/lista-victimas-ETA.shtml)

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