Estoy prácticamente convencida de que a todos
se nos ha roto algo alguna vez… un plato, un vaso, un pantalón, una uña, un móvil
e incluso el corazón. No, esta carta no va de desamores ni de dramas amorosos,
o sí, cada uno es libre de aplicar lo que lee al campo que guste, pero cuando
se nos rompe el corazón no tiene por qué ser necesariamente por amor (aunque es
el caso más común, indudablemente).
Todas las relaciones son susceptibles de
romperse, incluso las relaciones entre familiares. Porque como todas las
historias del mundo, las relaciones tienen un principio o introducción, un nudo
y un desenlace. Y no es que todos los desenlaces tengan que ser malos, ¡no! Hay
finales bonitos en los que presumiblemente la historia continúa por la senda de
la felicidad por los siglos de los siglos.
Seguro que te estás acordando de alguna persona con la que dejaste de quedar, a la que no volviste a llamar o que no te devolvió jamás la llamada y a la que, por orgullo o pasotismo, no volviste a insistir más. Porque realmente muchas veces echamos la culpa a esa persona de desaparecer y en muchos casos los que desaparecemos somos nosotros: porque conoces gente nueva, porque te embarcas en relaciones más intensas, porque cambias el chip y te mueves por otros ambientes, por lo que sea.
También hay relaciones que están condenadas a
acabar y, por mucho que nos queramos empeñar en que eso no suceda, al final
inevitablemente pasa. Esas relaciones forzadas por el tiempo, por los
acontecimientos vividos, por lo compartido, se vician y se vuelven tóxicas,
vacías, carentes de sentido. Son una carga que no te permites soltar porque en
tu subconsciente lo consideras inmoral. Y normalmente ese tipo de relaciones acaban
con una explosión, con una bomba de relojería que tenía marcados los minutos y
que explota llevándose por delante el respeto y el cariño residual que mantenía
unidas a esas personas. A veces pasa que, aunque no lo podamos asimilar de una,
nuestro corazón descansa cuando acaba una relación que ya estaba rota.
Y da pena, rabia y duele, porque nunca
hubieras podido imaginar que esa persona se marchara, que te dejara o que tú dejaras
a esa persona. Da igual quien apriete el botón rojo. Duele porque somos
animales sociales, estamos hechos para vivir en compañía, para relacionarnos,
para rememorar con la gente los buenos momentos vividos y que en ocasiones es
lo único que hace que nos mantengamos unidos.
Una vez que esto pasa, cuando no hay marcha
atrás, cuando ya solo quedan escombros de lo que fue una bonita amistad y crees
que no hay posibilidad de volver a levantarla, lo importante es dejar junto a
esos escombros toda la toxicidad, el rencor y la rabia y continuar por tu
camino, quizás con un poco de pena, pero esa pena pronto pasará a formar parte
del recuerdo de esa relación que nunca más será.
Y sí, es posible que os
volváis a cruzar, nadie puede saber qué pasará mañana, pero lo que es seguro es
que nunca volverá a ser la relación que fue, porque necesariamente la relación
debe empezar a formarse de nuevo, si es que eso es posible, para que no parta
de escombros llenos de toxicidad, rencor y rabia.
Es difícil, pero nada es imposible.
Ángela Cowar

Excelente reflexión, como siempre, y con la que cualquiera de nosotros puede sentirse " un poco identificado". Enhorabuena!!
ResponderEliminarMaravilloso <3
ResponderEliminarGracias!
ResponderEliminarGracias corazón es imposible no admirarte.
ResponderEliminarMe encanta❤️
ResponderEliminarCierto muy cierto! Eres mágica escribiendo
ResponderEliminarComo no leerte!!! Si eres extraordinaria, para cuando un libro? seguro que se convertiría en un gran best seller.
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