viernes, 26 de mayo de 2017

Diga 33



Hace unos días cumplí 33 años. Se dice pronto o se dice tarde, pero se dice: 33. Y vaya, que a mí no me parecen ni muchos ni pocos, son los que me tocan y los voy a vivir con muchas ganas. Ganas de disfrutar de mi familia y de mis amigos, ganas de creer en el amor, ganas de recordar a los que ya no están conmigo pero que viven en mi, ganas de ver crecer a mi sobrino y a todos mis sobris postizos, ganas de prosperar en mi nuevo trabajo, ganas de volar aunque de momento retornando al nido… Ganas de sentir cómo acaban de sanar todas las cicatrices que durante estos 33 años han ido marcándome la piel y lo de adentro. Ganas de que pasen cosas, muchas y muy buenas ¡que para malas siempre hay tiempo!

Esto me recuerda a algo que me pasó hace un año, cuando cumplí los 32. En cuestión de cuatro días la vida me dio una lección que no es que no vaya a olvidar nunca, es que se me ha marcado a fuego.

El año pasado, el día de mi cumpleaños lo pasé entre Madrid y Cuenca. Amanecí en Madrid, comí con mis padres, mis hermanos y mi amiga de toda la vida y después me fui a Cuenca porque al día siguiente tenía una boda. Mis amigos me dieron una sorpresa y celebré con ellos el resto de mi día. La familia y la amistad.

Al día siguiente llegaba la boda de mis dos queridos amigos Erasmus. Celebración pura y dura de sentimiento del bueno, del bonito y sincero. El amor.

Tras la fiesta tocaba resaca. Una llamada a las 12 de la mañana me daba una de las noticias más tristes y dolorosas que me podían dar. Alguien muy cercano a quien quería mucho y que, sin duda, me quería más, se marchaba para no volver. La muerte.

Y cómo son las cosas, aún con la pena por la pérdida del ser querido, recibo otra llamada a la mañana siguiente que me cambia el gesto triste por una sonrisa de alegría. Una nueva personita ha nacido. La vida.

La familia y la amistad. El amor. La muerte. La vida. Como si te metes un domingo en casa a ver una temporada entera de tu serie favorita del tirón y no eres capaz de procesarlo todo. 

Un año después, en el aniversario de todos estos acontecimientos, he revivido cada día y he intentado digerir con la perspectiva que te da el tiempo toda esta amalgama de sentimientos. Y la conclusión es que tengo ganas de disfrutar de mi familia y de mis amigos, ganas de creer en el amor, ganas de recordar a los que ya no están conmigo pero que viven en mi, ganas de ver crecer a mi sobrino y a todos mis sobris postizos, ganas de prosperar en mi nuevo trabajo, ganas de volar aunque de momento retornando al nido… Ganas de sentir cómo acaban de sanar todas las cicatrices que durante estos 33 años han ido marcándome la piel y lo de adentro.



Ángela Cowar

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