lunes, 20 de marzo de 2017

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Unas cartas atrás te contaba que algo le pasaba al amor (y le pasa) porque cada vez eran más las parejas que, por devenires varios de la vida, ponían punto y final a su historia y pasaban a engrosar las listas de solteros/as de nuestro país, que son más largas que las colas del paro, y ya es decir.

Creo que los que nadamos en la década de los treinta en estos nuevos tiempos, somos los más perdidos de entre todas las generaciones. A lo mejor te va a sonar a topicazo lo que te voy a soltar ahora mismo for free, ¡pero atiende! Somos la última generación que no tuvo móvil en la infancia, con lo que hemos desarrollado plenas capacidades sociales y comunicativas. Si bien es cierto que los SMS y el Messenger nos han marcado y todos tenemos una buena anécdota (o varias) en este contexto tecnológico, también hemos quedado con nuestros amigos para salir sin necesidad de crear grupos de Whatsapp infernales que están más cercanos a parecer una papelera de reciclaje llena de imágenes que “me importan del 1 al 10, menos infinito. Gracias".

Somos unos nostálgicos de aquella tierna infancia sin móvil y no paramos de dar señales de abuelocebolletismo del que, por otro lado queremos renegar. Es oír la intro de “La Aldea del Arce”, por ejemplo, y partirnos la camisa cantándolo como si fuéramos Emilio Aragón y Rita Irasema. Venga, date el gusto… 

Yo reconozco que me pones un disco de temazos infantiles de aquellos y lo doy todo (esto ha sucedido y lo recuerdo como una de las noches más divertidas ever). En fin, dibujos como los de antes ya no hacen…  (hete aquí el abuelismo ilustrado).

Y a parte de todas estas cosas de las nostalgias, del uso de jergas que ahora ya no se llevan (jamás renunciaré al “mazo”, al “tronco” o al “okey makey”, lo siento) y del convencimiento de que somos el santo grial de las generaciones, lo cierto es que a los treinta se nos pueden complicar un poco los “asuntos serios” y que llegue el punto en el que no sabes por dónde te caen las collejas.

Cuando estás en esta franja de edad, lo que se espera es que tengas pareja, que pienses en formalizar (bodas, bodas everywhere) y, por supuesto, en perpetuar la especie con uno o varios churumbeles. Trabajo estable, coche y, a ser posible, casa propia (propia del banco, claro). Pero la realidad es que ser del grupo de los “winners” es cada vez más complicado y solo nos queda sacarnos el abono del de los “loser”, los que no somos capaces de mantener una relación estable porque el compromiso nos oprime el pecho, porque nos cansamos de la otra persona y la culpamos de nuestra infelicidad cuando no tenemos ni idea de lo que significa ser feliz y porque, en definitiva, no nos soportamos a nosotros mismos. Vivimos con nuestros padres porque tenemos trabajos inestables o mal remunerados o nos independizamos a pisos de alquiler que pagamos a precio de barril de crudo, siempre y cuando nos lo podamos permitir (si eres “loser” pero con un curro decente). Si no, a compartir con gente random que no soportas o con colegas a los que adoras pero ellos a ti no tanto porque te saltas el calendario de limpieza semanal porque siempre tienes algo mejor que hacer, como darle de comer a tus peces imaginarios.

Probablemente todos tengamos algo de “winner” y algo de “loser”, es lo suyo, ¿para qué nos vamos a engañar? Así es la vida, cal y arena, azúcar y sal, Ortega y Gasset… Nadie tiene una vida perfecta, porque no existe, por mucho que los fans de lo cuqui se empeñen en hacérnoslo creer y nos lo metan con calzador (pero un calzador precioso, claro, súper vintage). Lo importante es encontrar esa felicidad que creo que se nos escapa por falta de definición de conceptos. La FELICIDAD está en cada uno y en nadie más. Otra cosa es compartirla, irremediablemente al compartir se hace más grande y llena muchos más huequitos de esa vida un poco “loser” que arrastramos...

Y como hoy es el Día Internacional de la Felicidad, lo suyo va a ser ponerse en bucle un buen temazo de los que te he contado antes (de dibujos de los 80-90) y, por un ratillo, dejarte llevar por la nostalgia egebera que te hace desconectar de cualquier ruido tóxico del mundo serio. ¿Cuál vas a elegir tú?


Ángela Cowar

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