Siempre
he creído que es una paradoja terriblemente cruel eso de que la muerte forma
parte de la vida, que es ley de vida morir y que para vivir hay que morir
también. Antagonistas de nuestra película, la vida y la muerte caminan de la
mano y cuando se sueltan sabes que llega el fin. Irremediable, inevitable,
inexcusable. Como vienes, te vas y ya nunca vuelves.
¿Y qué
queda de ti cuando tu viaje llega a su
fin? ¿Cuál es el poso que permanece imborrable en el fondo de la taza? Sin duda,
el recuerdo de los actos que perpetraste durante los años de tu existencia. Por
un lado, da igual que sean actos buenos, malos o regulares, porque la muerte no
entiende de valores ni de principios morales, te lleva de la mano, te vas y
nunca vuelves. Pero quienes se quedan contemplando el vacío irremplazable de una
vida sí que te van a recordar por lo que hiciste y gracias a esas personas, la esencia
de tu legado seguirá viva, hasta que la muerte también se los lleve a ellos. Depende de
ti que ese recuerdo sea rencor o sea amor, sentimientos ambos muy poderosos
pero muy diferentes.
Así es
la vida y así, por ende, es la muerte. El paso por el mundo y la huella que
dejamos en él. Vivamos intensamente, sin miedo a la etapa final, a la vuelta al
polvo, a la despedida. Vivamos aferrados a la vida y no acongojados por la
muerte, porque la muerte es vida y la vida es solo un instante.
Ángela Cowar

Precioso, Angela. Tía Teresira era, es, humilde como la tierra, cariñisa, nunca juzgo a nadie, lo comprendía todo aunque moralmente ni estuviera de acuerdo, su vida fue una armonía silenciosa
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